sábado, 21 de abril de 2012

De Dioses y Adioses

Iba caminando por la peatonal el otro día, volviendo a mi casa, ya de noche, cuando se me acercó un sujeto y me extendió este folleto:

"Dios te ama y tiene un plan maravilloso, que aparentemente involucra un popeye papeado pegándole una piña a otro sujeto"-pensé mientras miraba atónito la portada-, y no pude contenerme. Fue mi lectura por el resto del viaje de vuelta a casa.

Y entonces empieza el argumento: "Es verdad que Dios te ama, pero tú decides si Su plan es "maravilloso". Si has escuchado que la felicidad viene a través de Jesucristo, debes pensarlo nuevamente". Bueno, por supuesto que debo pensarlo nuevamente. Esto de hecho tiene sentido. Sigo: "La primera cosa que Jesús dijo del apóstol San Pablo fue que Él le mostraría cuán grandes cosas debía sufrir por su nombre. Tres veces fue azotado con látigos, una vez fue apedreado, tres veces sufrió naufragio."-(¿qué carajo?)-"La Biblia dice que "todos los que quieran vivir en Cristo Jesús padecerán persecución". Dice que debemos entrar al reino de Dios a través de muchas tribulaciones, y que estamos señalados para la aflicción. Jesús dijo que seríamos insultados, odiados, perseguidos y dirían todo tipo de mal contra nosotros mintiendo, por su causa. Debíamos tomar nuestra cruz diariamente, negarnos a nosotros mismos y seguirle, pues en el mundo tendreís aflicción"-ahora entiendo la foto de la piña. Ahora, ¡Qué marketing! "Vengan, vengan, nos cagaran a piñas pero..." Pero.. ¿Qué? Tengo que seguir leyendo.

"Mi esposa una vez habló a un hombre joven quien había creido la atractiva propaganda televisiva y se unió a la Marina para conocer el mundo; ¿y qué vio? Sólo el mar y nada encontró sino duro trabajo. Ahora no veía la hora de dejar la Marina." El hombre de la anécdota en cuestión no quería trabajar, quería un plan de asistencia o algo, no se dió cuenta que de conocer a Jesús lo podrían cagar a trompadas pero viviría eternamente o algo así después. Confundido, seguí leyendo: "Si ellos hubieran sido honestos en su propagando, quizás la Marina no habría recibido tantos reclutas, pero al menos los que tendrían estarían comprometidos, y no serían desertores de corazón". Ah, lo había entendido mal. Claro, la comparación es entre la Marina y la Iglesia, y la propaganda deshonesta en la que no dicen que van a trabajar y la propaganda honesta en la que dice que van a sufrir.

Después vienen párrafos que hablan de la vida eterna, todo lo que pecan los hombres desde que nacen, que por ellos en el Día del Juicio seremos culpables, que nos olvidemos del plan maravilloso, que sin la misericordia de Dios, iremos al infierno. "Dios no te pide que consideres Su plan para tu vida, Él te manda que te arrepientas". Y algo que aclaró un poco el asunto: "Cuando Jesús murió en la cruz, Él tomó el castigo que estaba preparado para tí y para mí debido a nuestros pecados. Y al hacer esto, Él satisfizo las demandas de la Justicia Eterna, y al mismo tiempo demostró cuánto nos ama. Si te arrepientes y pones tu fe en Jesús, Dios perdonará tus pecados y te dará el regalo de la vida eterna. No digas "lo voy a pensar" - en lugar de esto, obedece su mandato". Contundente.

Con ser ciudadano argentino ya cargo con la deuda externa y con los impuestos (y no puedo no ser ciudadano de ningún país); con ser un ser social, ya cargo con los mandatos sociales; con ser un ser pensante instruido en el colegio ya cargo con la estructuración de la mente que hace que nuevos tipos de pensamientos no surjan como agua de la canilla. Y aparentemente con ser descendiente de Adán cargo con un pecado que realmente no me deja opción. Pero también cargo con tener que soportar la falta de sustento lógico que desborda por doquier en los argumentos que tienen que ver con la Iglesia, que se ha entrelazado a tal punto con la sociedad que se entiende al bautismo como un acontecimiento y requerimiento social y no como un ritual de una religión a la cual uno puede no ser adepto. Nadie pidió nacer, nadie pidió los impuestos, los bautismos, el apéndice, el cáncer, el destino, el regalo que no les iba a gustar ni tantas otras cosas, pero son restos de un andamiaje ortodoxo que viene de la elucubración del hombre, de la acumulación de palabras sobre hojas y costumbres en la gente, como apéndices de intestinos sociales.

Para terminar con la destrucción de cualquier acercamiento asertivo por parte de los que escribieron el folleto hacia mi persona, dilapidan su intento de ser creativos usando metáforas con este ejemplo burdo: "Si entraras a una corte y ofrecieras pagar una multa de 50.000 dólares que yo no puedo pagar, sería un insulto para mi decir, ante tu ofrecimiento de ayuda, "lo voy a pensar" ". Claro, porque no hay absolutamente nada raro en eso. No hay nadie que te pueda cobrar "extras" involucrado, o nada médicamente equivocado en la persona dispuesta a dar tal suma, nada ilegal en aceptarla y ninguna serie televisiva de litigios que no sería sustentable con tal situación.


Lo que quiero recalcar es la falta de coherencia, la falta de tacto, la ausencia completa de marketing, y lo fútil de querer razonar por la fuerza. Porque si uno no busca hacer las cosas, por las malas, por la fuerza, si uno busca el camino de la razón o la emoción con empatía en todas las situaciones de su vida, ¿por qué la redención llega por aplicarle a nuestra emoción y a nuestra emoción tal violencia con conceptos que duelen tanto como el del infierno, el de la justicia eterna, el de la culpa enredada en nuestro adn, el de un Dios que es amor, pero que ha creado todas estas tribulaciones en nuestra existencia, el que nos da la razón y nos la quita para abrazarlo? ¿Por qué hemos creado semejante monstruo?

El Mal y el Bien están dentro nuestro, creando el infierno y el cielo con nuestras acciones y pensamientos. Está en nosotros buscar el bien dentro al recrearlo en otras personas, sensando con la empatía aquello que alimenta la paz en nuestros corazones, sin banderas, sin fronteras, sin condiciones, sin conceptualizar el amor, sin dejar de sentir la suerte eterna de estar aquí y ahora, mirándonos a los ojos y riéndonos del absurdo del cruce del cono del futuro y del pasado en cada instante.

Cuando llegué a casa, sentí la indignación diluyéndose en la paz de saber que cada persona busca su dios y la esperanza de que cada vez lo busquen menos violentamente. Y no es bueno aislarse, ni sentirse superior o inferior, ni acumular prejuicios, porque, después de todo, hay algo que con lágrimas y de una película salvaje he aprendido:

"La felicidad sólo es real cuando es compartida..."

¡Así que seamos felices! De Dioses y Adioses, hablemos luego.

jueves, 22 de septiembre de 2011

El Aceite

Otra vez yo y la cama, solos. Los días se suceden y aparecen patrones que no busco. Voy al baño y en el trayecto se suscitan varias palabras, éstas, que comienzan a tomar forma. Parecen un sinfín de ideas que yo me tomo el atrevimiento de interrumpir con banalidades como lo pueden ser comer, ver alguna que otra serie, estudiar, dormir. Algunos hablan de musas de la inspiración, como queriendo darle a algún ente la culpa de no poder poner en palabras lo que uno tiene en la cabeza, pero lo cierto es que no existen tales hadas que podamos sacar de un tincazo del hombro para volverlas a buscar arrepentidos al día siguiente en el jardín más cercano. Sólo hay ideas, y la voluntad de plasmarlas. Es sólo eso. Nadie dijo que sería algo fácil, un elixir que uno toma para que le broten las palabras como lo hace el agua de la fuente, tan decidida a volver el escupir el mismo chorro uno y otra vez. Es más bien un trabajo, algo que cuesta.

Hay quienes dicen que hay que saber qué va a contar uno antes de empezar a hacerlo, otros sugieren que es lo peor que pueden hacer. Cuando comencé a escribir esto no tenía la más mínima idea de lo que iba a decir, y me gusta que así sea. Sigo sin tenerla. Al menos soy sincero en eso, como en estas pocas ganas de seguir escribiendo que comienzo a sentir, quizás por la ausencia de una grandilocuente frase, lo fútil de un escrito sin un mensaje. Así y todo y sin embargo, sigo, inmutable ante las vicisitudes del escritor.

Quienes escriben conocen la sensación frustrante de borrar con el codo lo que se escribió con la mano y, mientras, con la otra, agarrarse la cabeza como teniéndole piedad. Colores y olores sin gusto de las 2 a.m., las pequeñas desgracias de la vida diaria de verse morir las pasiones como pequeños soldaditos de plomo que se congelan y se resquebrajan por el frío de otra noche sin ideas.

Pensar que muchos así viven su vida y no se dan cuenta. Lo mismo una y otra vez, día tras día, hasta que en una noche ¡zas!, y chau pasiones, chau sueños, chau risas genuinas. Chau, chau, adiós al niño que una vez fuimos, y al que todo esto le salía por feliz inercia, el devenir descansado de una alegría para el alma tras otra, sin los artilugios de la mente trabajada para darle significado a las cosas, para articular ese aparato que ya tiene sus años, y ha venido acumulando piezas que no encajan bien entre sí, escuchándoselo chirriar por las noches, gemir de dolor a media mañana, y morir tenuemente a las 3 de la tarde, también en la cama, pero esta vez mirando el techo en vez del papel.

Quiero descubrir ese aceite que lubrique esta maquinaria tan cansada, que no es una musa, sino una gamuza que me ayude a limpiar toda la tierra que he venido acumulando ahí arriba. Miro mis manos, con tanto poder de crear, pero esperando pasivamente las órdenes de la maquinita que ya no es más tik-tik-tik sino un tik-tok-tik-tak-tik-tok, una disonancia de notas que cuesta ordenar sin saber de música, un almendrado de ideas que se derriten entre sí, volviéndose borrosas para mis ojos, truculentas para mi estómago, rugosas al tacto y pedregosas para caminar. Ni hablar de tener sexo con estas ideas. Sería una orgía de lo más singular, sobre todo por el nivel de castidad de la misma.

Quizás el aceite esté en otro lado. En el canto de un pájaro, en sonreírle a un mosquito, en reírse ante la caída de un pibe y llorar ante la muerte de una hormiga, en respirar las flores y desear las copas –de los árboles-, en un bostezo a contramano con la mano que bajaba, o en el miedo atolondrado del que sabe que se acaba; entre dos manos, entre dos miradas, en las vías desandadas; en un cuento, el de otro, que ya ha visto el aceite, para escurrirlo de entre sus páginas como una bocanada de claridad que nos ilumine el rostro. Como esa nube que se corre, dejándonos ver la luz, y esa otra que se pone, para que podamos escribirlo.

Aunque, así de simple y después de todo, quizás, sólo quizás, el aceite se encuentre avanzando por pasadizos de la memoria, esquivando la claridad por momentos, bajando escaleras viejas llenas de andamios que nunca dejan de sostener a los múltiples pintores a los que nunca se ve trabajar, pero que nunca hacen que se note su falta; cayendo por un tobogán de emociones y ya, casi sin oxígeno, poder ver la enormidad de este cáliz de paredes rojas, siendo un volcán para este multifacético lubricante, que enardece y brilla más que el oro, entre las sombras del corazón.

miércoles, 13 de julio de 2011

Ella

Canciones sugeridas para la lectura: Jeff Buckley - Grace ; Eddie Vedder - Rise

El césped estaba lindo para jugar. Lindo para jugar con botines, ciertamente. La tarde, los amigos, las ganas de correr, y la pelota me llamaban a entrar a la cancha, uno de esas medio inclinadas pero con una vista hermosa de la playa, en medio del verano, con el sol en nuestra espalda y una sonrisa en nuestra cara. Me miraba, lleno de pequeños cardos, y alguna que otra ocasional piedrita, realmente desafiando nuestra mejor voluntad de jugar. Por otro lado, éramos tres contra cuatro en una cancha de siete, y por más que los primeros números sumen el segundo, no había matemática que ayude a calcular las ganas que necesitábamos para jugar un partido así.


Con los pies curtidos por cruzar a trote el estacionamiento todos los días, con la promesa de un buen partido en dicha cancha, o en la de abajo, un tanto más chica pero de cemento –ahora ocupada-, y tras una mirada de complicidad nos animamos con mis amigos a ver hasta dónde podíamos llegar, hasta dónde nuestros pies nos responderían.

Y así nos sumamos, con Nico y mi hermano, a esta histeria colectiva de seguir a la pelota de la forma más antinatural posible, mirando de reojo a nuestros antepasados que tanto se esforzaron por dejar las manos libres para tenerlas, bueno, libres, sólo esporádicamente participando en algunas pausas en las que tampoco se piensa.


Es tan placentero el momento en que te llega por primera vez una pelota. El sentir que, dócil, se entrega a tu voluntad sin quejas ni cuestionamientos, sino más bien curiosidad que comparte con vos, acerca de cuál será su próximo destino, como metáfora de muchas vidas sin dirección, que no saben si van a terminar en un gol a favor, o uno en contra, o lejos, muy lejos de la cancha, quizás, en el medio del mar. La docilidad se conjuga con su redondez para rodar por este césped tan poco amable que a ella nada le hace, para volar acariciando al viento, disfrutando la atención de tantos ojos como piernas sobre ella, la estrella, para caer y dormirse una siesta en un pecho, para subir y mantenerse por eternidades en el aire, para dejarme expectante después del tiro, después de arrojar los dados y ventilar la propia habilidad al hacerlo. Para unirnos en un grito, para ahogarlo en el grito de otros. Sin saberlo, ella nos rige. Nos somete y nos obliga, y lo hace como la mejor de las reinas, apelando a nuestra voluntad. No es rey quien dice las reglas, sino quien las dice justas: y ella tiene la justa, al enlazar miradas, desaires, alientos y virtudes; patadas, abrazos, dolores y aptitudes.

Tiene el mágico poder de llevarse todos nuestros pensamientos, nuestras penas, nuestros logros y caídas. Acalla los dolores y estimula el alma. Nos hace latir el corazón, más de emoción que de cansancio, aún en el medio de su pique más veloz, o especialmente en ese pique. Es la fuerza que es más que la gravedad al unir enemigos, al forjar caracteres, al moldear líderes y algo que es incluso más, todavía, la fuerza de crear amistades. Amistades indelebles, aniñadas, con tan poco y tanto en común como el amor por ella, eclipsando a la doncella más bella, que sucumbe al tener que elegir entre sus amantes, y no oculta su envidia por la orgía magnánima en la que nadie es la envidia de nadie, mas ella es el deseo de todos.

Nos embravuconamos. Ya llevábamos más media hora de partido y estaba muy disputado, muy movido, para nuestra alegría. No sentíamos los pies, inercia de sus caprichos. Doy un pase largo, para que Nico la baje de pecho, triangule con mi hermano, y meta el gol al primer palo. 3 a 3. Y tras el abrazo, la alegría por saberse en inferioridad y, aún así, no bajar la cabeza, se escucha entre el graznido de los teros, que veían con recelo al perro que por allí corría, se escucha:

-¡Mete gol gana!-gritó uno de ellos.

Rara vez se puede decir que no a este tipo de pedido-sentencia, como si fuera una corte en la que todos son jueces y todos aceptan. Y esta vez no fue la excepción: nos miramos, dándonos aliento y seguimos.

Ellos arrancaron con todo la siguiente jugada. Varios toques, pelotas disputadas, hasta que se escapó uno de ellos y tiró el centro. Mi hermano corrió como su hubiera habido un bebé debajo de un tren por ser arrollado y logró desviarla para el tiro de esquina. Alivio corto, porque sacaron y, con nosotros acomodándonos, la cambiaron de frente. Por suerte, Nico se dio cuenta y corrió con la velocidad que lo caracteriza para despejar, dando un gran pelotazo hacia adelante. Tácita era mi próxima participación, y no me demoré en aceptarla y correr furiosamente hacia el costado derecho de la cancha. Mientras corría, veía cómo ellos hacían lo propio hacia su propio arco, aprovechando el necesario desvío que tuve que hacer.

La tomé con la derecha y la controlé, avanzando en diagonal hacia el arco, a unos 25 metros de donde estaba. Ellos se dispusieron como gladiadores, bloqueando el pase y el espacio. Con un amague pasé al primero, por la derecha, doblando levemente y pensando mi siguiente jugada, que sería enganchar con la zurda para mi izquierda, resguardando la posesión de la pelota con mi derecha, que recibía una caricia o un pisotón, que es más o menos lo mismo. Al tercero en discordia, lo pasé enganchando para el otro lado, para quedar solo contra el arquero y definir cruzado, al segundo palo. Golazo y fin del partido. Los chicos vinieron a abrazarme como si fuera una final del mundo y ésa, ésa es la mística del juego. Que siendo un juego es más que la vida, haciendo parecer que la vida es un juego nada más. Esa alegría de saberse parte, de sentirse querido por hacer algo que a uno lo hace feliz, con quien lo hace feliz, sólo por patearla a ella. ¿Quién diría que alguien a quien sólo le damos patadas nos haría tan felices? ¿Quiénes nos cuentan esto al nacer? Qué amor tan devoto, qué locura tan peculiar, qué sinsentido tan enorme.

Estos momentos sin pensamientos cobran tanta relevancia con el paso del tiempo. Cada vez nos brotan más ideas, más razonamientos y nosotros no podemos evitar aprender a razonarlos con lógica –más allá de su esencia, y en la mayoría de los casos-. Sumamos, restamos, dividimos, multiplicamos, conceptos. Nos enseñan la geografía del mundo y obvian la geografía de los sueños, ese mundo tan vasto y tan odioso para los que enseñan geografía, más que nada por la ausencia de fronteras. Nos cuentan la historia los que ganan, mientras las voces de los que pierden se esconden en alguna jungla tropical o de cemento y se mezclan con los sonidos enlatados del tránsito. Nos hablan del poder de los valores de chicos, y mientras crecemos nos van mostrando cómo se hace exactamente lo contrario. Nos obligan a dormir, y nos dicen que soñemos con los angelitos, y después acallan nuestros sueños, y nos dicen que los ángeles no existen.

Pero nadie nos dijo cómo se sentía jugar al fútbol. Y así veo cómo nos íbamos hacia el mar cantando victoria, buscando este cielo en la tierra que es el agua fresca en el cuerpo caliente, en otro verano marcado por la alegría. Varias canchas me esperarían luego. Tantas veces seguiría haciendo el amor con ella; tantas veces lo sigo recordando, mientras camino por los pastos altos del costado de las vías del tren, viendo en la luna mi vida crecer…

lunes, 30 de mayo de 2011

El Tren

Canciones sugeridas para la lectura: John Mayer - Stop This Train; Ry Jones - Busride

Hace rato que ya venía en ese tren. Conocía muy bien los vagones: el del restaurante, el de John, el de Marco, el de los viejos locos y el de los sólo un poco. El de los nuevos, el de los que estaban de lugar de paso pero terminaban siendo donde muchos charlaban. Los más tranquilos solían reunirse en el vagón con la biblioteca, donde también servían café, haciendo la lectura y las charlas en bajo tono muy placenteras, en el apacible entorno, mientras los árboles pasaban, a lo lejos, con sus lechuzas siempre atentas.

Solía ir donde el maquinista y mirar el norte, aunque fuera el sur. Charlaba con él y no me aburría. Mates van, mates vienen, y las horas pasaban. Entonces emprendía la vuelta a mi vagón, que estaba en el fondo, pero no era el último. Salía al aire libre para pasar por fuera del primer vagón, de carga, hasta llegar al segundo que, como el cuarto, era uno de lujo; ambos ubicados extrañamente al principio, donde de haber habido algún accidente, éstos habrían estado más expuestos (lo cual no es tan extraño considerando la gente que los puebla y su necesidad de que los vean en ellos, llegando primero, a los pueblos, poblados por otra gente que quizá no tenga interés en poblar alguna vez estos primeros vagones). Luego, había un tercer vagón, que era la sala común entre los dos de lujo. Yo entraba en estos vagones porque la simpatía todo lo puede. Pero no permanecía por mucho tiempo allí, porque la simpatía no compra todo lo que se compra con dinero.

Después uno se encontraba con el vagón restaurante, usualmente lleno de gente de primera clase, siendo éste un apelativo de lo más curioso para la gente de clase dudosa. La cantina, la de los menos pudientes, se encontraba más al fondo, después de varios vagones de pasajeros, y del de la biblioteca, que se encontraba inmediatamente después del restaurante. Los dormitorios tenían un pasillo al costado que se iba alternando de lugar -en un vagón a la izquierda, en el siguiente a la derecha-, lo que le daba un dinamismo al caminar entre éstos que se complementaba con los cuadros bien afirmados en las paredes, de trenes, ciudades, pintores de los distintos pueblos que recorría el tren y algunos más famosos.

Solía hacer este recorrido hacia las 7 de la tarde. Cruzaba palabras con todo el mundo, en distintos idiomas, aprendiendo de cada uno lo curioso, lo singular, sin perder de vista que para las 9 tenía que estar en la cantina, donde religiosamente comía con mis amigos. Ellos se habían subido en distintas ciudades, pero ya había pasado tanto tiempo que parecía que nos habíamos subido todos al unísono, en un mismo lugar: el de la necesidad de conocer, saber, crecer. Los pasaba a buscar yo, de a uno, primero a Berni, después a Dani, Frank, Tiago, Mari, Fer, John, Marco, Coa, Paige, Cece, Syn, Padi, Tom, Peter y tantos más. De más estaría decir que no siempre comíamos juntos, pero a veces se daba, cada unos cuantos días.

En general, yo era de quedarme bebiendo pero nunca solo, siempre compartiendo, hasta altas horas de la noche, charlando con todos ellos, haciendo que ame cada cerveza vertida con el cuidado que se precisa en un tren. En mis necesarios momentos de soledad, me guarecía en mi cuarto (donde dormía con Padi), en la litera de arriba, a leer, a escuchar música, viendo por la ventana como las nubes, los pájaros, el sol y la luna se prestaban el cielo tan límpido como lo es el de la ruta, el de las afueras. Desde allí me iluminaron siempre las estrellas, incluso en las noches más oscuras; junto con Neruda desde Chile, Hesse desde Alemania, Saint-Exúpery de Francia, Benedetti de Uruguay, Wilde de Inglaterra.

Aprendí muchísimo en este tren. Recorrí más de 300 pueblos durante 260 días, más de 5000 kilómetros. Conocí a varias mujeres de mi vida. Tuve mi primera vez, en tantos ámbitos. Obtuve la sensación de ir sacando capas de oscuridad de la realidad a medida que iba avanzando por las ciudades, dialogando, estudiando las nuevas ideas, escuchando, sintiendo. No existe un momento sin que pueda retrotraerme con facilidad a todas las experiencias vividas aquí, casi negando los miles de días que ocurrieron antes, haciendo de parada obligada a este viaje en el tren de mis recuerdos hacia los recuerdos más viejos, los primeros, los lejanos, los que se funden con el sueño de la mera existencia.

Me levanté, en el día 261. Todo era como siempre lo hubo sido, pero de repente algo no fue como siempre lo hubo sido: ahora esto me entristecía, me ennegrecía; ávido de cosas nuevas, de sacar tanto negro de mi centro. Recorría los vagones y esas imágenes, ya comunes, ya formaban parte de mis recuerdos. Mi presente era un recuerdo incipiente. Y todos sabemos lo difícil que es vivir en el recuerdo.
Traté de hallar algo de presente presente, pero el recuerdo avanzaba y lo acaparaba todo, no dejando lugar para nada nuevo, nada que no provoque un deja vú, y me hice voodoo en el corazón para ver si podía cambiar la situación, pero por mis pupilas sólo se abrían por la luz de afuera.

Me produjo un displacer enorme recorrer el tren esa tarde. Terminé mi recorrido sin despedirme de nadie, y miré a mi bolso ya armado en la litera de arriba. Ya Padi se había bajado, y, desde hace unos meses, compartía la litera con Marco. Viendo algunas de cosas de ambos, los pósters, algunos cuadros y los libros que no podía llevar más que en mi memoria, pronuncié un mudo “Adiós”, y una lágrima recorrió, esplendorosa, mi mejilla. Fue lo último que dejé caer al suelo de ese cuarto.

Arrimándome al borde del tren, cuidando que nadie me viera, mirando al cielo ya pura luz de luna, me dispuse a saltar. Esos pastos me amortiguarían…

Continuará…

domingo, 1 de mayo de 2011

Las Ovejas Aladas

Ellas pueblan los cielos ingenuamente. Como algodones de inocencia, guardan la que se nos ha ido evaporando con los años. Si tan sólo uno pudiera asirlas.

Siempre están por ahí, dejándose llevar por los cuatro vientos. Uno las nota cuando de ellas se desprende, tenuemente, su sombra, y algunos las culpan, enojados, por robarles su calor. Si pudieran sentir lo que ellas sienten, cuando ven que no pueden ir más rápido de los que surcan el azul paisaje, pero que tampoco pueden frenarse a ver una ballena en el otro azul, no se embravuconarían tan fácilmente como lo hacen contra ellas, llenándolas de adjetivos que cuánto les duelen, sino que sentirían su dolor, su tenue, suave, húmedo dolor.

Y sabrían que sus lágrimas no están pensadas para saciarse de su sed de venganza con tus ropas tan finamente lavadas, no pensadas para toparse con estos despojos sentimentales. No están pensadas para nada. Son la mera consecuencia del dolor enajenado, de sentir tanto odio contra ellas, y de sentirse tan tímidas frente a tanto mundo.

Por más que traigan malas noticias, uno las ve y puede intuir que no es su culpa. Estas gentiles ovejas del campo aéreo nos saludan siempre amistosas, prestándose para que les busquemos formas a nuestro antojo, lo que puede ser una buena o una mala idea para llevar a cabo en una cita. No a ciegas, lógicamente.

Por eso yo las veo y les dirijo una sonrisa. Bebo sus lágrimas y purgo el llanto. Aplaudo su catarsis, aplastándo cada lágrima que sugiera una amarga tristeza, transformándola en lágrimas de alegría. Disfruto de cada día soleado que comparta con ellas, divirtiéndome con su natural belleza, su peculiar forma de recibir la luz.

Y lloro yo también, de alegría, porque sé que nunca voy a estar solo. Mis ovejas aladas siempre estarán conmigo, con esas alas que no se mueven, pero que me mueven.


jueves, 24 de febrero de 2011

Carlos y El Baile de Las Campanas

Heme aquí sentado en este recinto peculiar en el que todos nos sentamos pero del que pocos hablamos, pero esta vez afeitándome. Es tan molesto cuando lleno de pelos se está; aquellos pelos que nos emparentan con algún antepasado que quizá los haya necesitado por no tener el goce de usar los buenos bóxers que yo llevo a diario -lo cual considero importante-; y mientras sigo escucho las campanadas de la iglesia invitando a sus feligreses con sus partes probablemente no afeitadas a ingresar para compartir el pan del hijo del señor. O confesarse por haberse afeitado, no pudiéndose resistir a la terrible comodidad burguesa, sin duda, de este tan peculiar háb- ¡Ay, puta digo! Me corté. Eso pasa por no prestar atención a lo que estoy haciendo. Siempre me pasa. Me concentro en algo y en sólo un instantes mi cabeza está cabalgando al son de algún otro pensamiento que se suscite por el primer evento que me llame o no la atención. Es tan elocuente. Arde, pero no duele tanto. También es conveniente afeitarse más arriba, emparejando las cosas cual jardinero fiel-a su jardín, claro esto está.

No dejo de pensar en la historia de los feligreses. Campantes como Carlos, quien entra acompañado a la parroquia del sagrado corazón de Jesús por su mujer e hijos, agradeciendo lo que el señor les ha dado esta semana, sin darse cuenta que en la entrada había una viejita que les pedía un 0,05% de lo que gastan por día como ente familiar para luego darle a los encargados de administrar el diezmo el 2% del mismo monto, de lo que probablemente le llegará a la señora el- ¡La puta madre! ¡Otra vez! Más arriba esta vez. Es fija: menos de dos veces por afeitada no puedo lograr.

¿En qué estaba? Ah, sí. Carlos. El tema de Carlos es que trabaja en la facultad, y en una de ingeniería, para colmo. No porque ahí sea más fácil ser célibe hasta el casamiento, sino por el tipo de pensamiento que se pretende utilizar/obtener/cultivar en este sitio. Uno crítico, que ahonde en las razones de las cosas que nos rodean. Que permita… ¿Cómo decirlo? Ganar dinero a costa de un pensamiento científicamente orientado en torno a solucionar los problemas o proporcionar soluciones a nuevos problemas creados para hacer o reinventar las cosas que posiblemente la gente no necesite –del todo- pero, que, sin embargo, otros de otras disciplinas se encargarán de que así parezca y, así, hacer plata con ello.

Se podría decir que la génesis de lo que le agrega valor a las cosas es la ingeniería. Ciencia aplicada en resolver problemas. Métodos proporcionados para que unas personas hagan dinero de cosas cada vez más complicadas a cambio de otras y a costa de otras –personas y cosas-. ¿Por qué no nos conformamos con lo que ya existe? (Y aquí me voy por la rama aprovechando el mayor espacio mental que me deja el buen trabajo de jardinería terminado –fino por sobre todas las cosas-) ¿Qué diría Carlos al ver que su gran conocimiento es sólo métodos aplicados en un orden para generar cosas? Diría que mejora la calidad de vida de la gente (¿Lo hace?). Que lo ayuda a sentirse realizado, sintiendo que es su propósito en esta vida (¿Lo es? Soez). Quizá ignore Carlos muchos de estos planteos, pero él no duda que hay un dios que sabe el significado. Claro, porque eso sí tiene sentido.

Entraron con las últimas campanadas, justo antes de que se comenzaran a suceder los actos ya previstos de este ritual, uno de los más esparcidos –con variaciones autóctonas- del mundo occidental, para nada accidental. Pasaron por la izquierda, y caminaron atravesando con la mirada la larga fila en los confesionarios, al tiempo que Carlos decidía que no se iba a confesar -nuevamente-, hasta que encuentran un lugar con una familia amiga, a la que conocen por intermedio del trabajo de su mujer. Se saludan cortésmente, acallan a sus hijos y se persignan.

Nunca entendió porqué la gente se seguía confesando una vez empezada la misa: ¿Van a escuchar la palabra de dios o van a hablar con un padre? Si la confesión real la hace uno con dios, en secreto, y el arrepentimiento genuino no se da en 5 minutos, sino que viene de pensar al final de cada día los actos y tratar de dialogar internamente para cambiar nuestra conducta, y la otra persona no nos arroja verdaderamente ninguna luz sobre nuestro comportamiento. Aunque quizás sí. Pasa que nunca puede llegar a tiempo los domingos. Ni hablar del resto de los días. La familia se levanta tarde; a gatas puede acarrear a sus hijos a tan duro deber. No se acuerda la última vez que se confesó, pero supone que ha pasado un buen tiempo de la misma. Empezó a sonreír al recordar: “Pésame, dios mío por haberte ofendido de pensamiento, palabra, obra u omisión… Por mi culpa, por mi culpa, por MI GRAN CULPA, por eso ofrezco a santa maría siempre…”

-¡Carlos!-susurra su esposa. ¡Estás bostezando!

Sobresaltado, ensimismado en su propio aburrimiento, responde al susurro:

-Disculpá, mamá. Estaba intentando recordar el pésame. Hace mucho que no lo digo.

-Bueno, no es momento. Dale el ejemplo a los chicos, por lo menos.

-No es para tanto. Creo que debe de haber algo fisiológico que inspire este bostezar. Es otro ritual de la misa. (ES otro ritual de la misa; muchos no lo saben).

-¡Shhh!

Carlos ríe como cuando era retado en el colegio por reírse justamente. Nunca entendió eso tampoco. Que lo reten a uno por reírse. Y ríe ante este pensamiento.

-¡Carlos!- reclama un tanto irritada.

Esta vez no contesta. Sólo traga su risa, disfrutando mientras rememora el colegio –católico, ofcors-y sus tantas experiencias, sus tantos pecados, de los que nunca verdaderamente se arrepintió, aunque él no lo sepa. Nunca pudo concentrarse en la misa, y sabe que, en esto, no está precisamente solo. Cree que hasta dios se aburre en las misas. Ríe ante esta desopilante idea, pero su mujer ya no lo advierte.

De hecho, nadie lo advierte estaban todos orando, en el banco, arrodillados. Él era el único sentado. Nunca tuvo la facilidad para recordar las etapas de la misa (porque lo cierto es que pocas cosas le interesan menos), pero sabía que esto estaba bastante al final, tipo 3/4 de la misa. Ya tenían que haber pasado las lecturas y todo eso. Nunca supo ni la etapa del año eclesiástico, ni muchos rezos que digamos. Pero las canciones sí las sabía. Le gustaba escucharlas. Cree que es una buena razón que suma gente a la misa. Las canciones son genuinamente lindas. La letra podría cambiarse un poco. Muy evidente resulta. Aunque quizás ésa sea la idea.

Mira el cuello de su mujer, regocijándose de cómo se dobla frente al señor; la tierna devoción que le dedica le resulta muy bella. Él cree que son éstas las cosas por las que vale la pena vivir. Y son el pequeño gran premio que obtiene por el gran pequeño sacrificio de ir a misa, levantar a la familia, manejar, llegar -justamente- a tiempo para la señal con la que se reconocen los cristianos.

Analizando sus pensamientos, se da cuenta de que siempre divaga. ¿Quién sabe? Quizás en estos divagues es cuando dios más le hable. Tantos pensamientos en tan poco tiempo… ¿O no era tan poco tiempo? Todos siguen sentados. Mira a sus hijos imitando a su madre. No sabe porqué le gusta la imagen. Se le ocurre mirar para atrás, cosa que -piensa- nunca hizo en misa. Todos arrodillados -¡Pero qué público más obediente!-, algunos relojeando para ver si levantarse o no, pero todos bastante acordes a la situación. Bastante más que él.

Al fondo, la viejita que estaba en la entrada se asomaba tímidamente, como sintiendo vergüenza de estar ahí. Inintencionadamente, la busca con la mirada, pero no hay conexión. Es como si estuviera en otro mundo. “Realmente estas personas están en otro mundo”, -pensó-. “otro jodido mundo, con otras reglas, pero igual de jodido que éste.” La mira, esperando que se reanude el acto siguiente, algo más efusivo, de darse la paz (besarse con todos los de alrededor, aunque siempre estaba el carismático que besaba a varios más, y también el que miraba para abajo nomás, como buscando la moneda para dar el diezmo).

De pronto, la viejita derrama una lágrima perfecta, dibujando en el aire la más sublime de las tristezas, un cúmulo de gestos de alguien que ha olvidado cómo sonreír. Todas las personas se paran sin advertirla y, él, sobrecogido por la situación, escapa por un costado al desenlace tan esperado para ver algo distinto, para tratar de entender cómo es que nadie la advirtió. La viejita se perdió rápidamente de vista y él fue inmediatamente afuera. Al salir, ve el lugar donde siempre se posaba esta viejita, ve los contados pesos que tenía en una pequeña cajita, ve la cobija maloliente y harapienta que la acompañaba, pero ella no estaba, como siempre, recelando de sus preciados pocos bienes. La ve caminando sola, alejándose de la iglesia a un paso lento pero consistente.

La alcanza fácilmente y ve la lágrima acompañada de otras tantas, cubriendo los ojos que no lo miran a él. Después de un par de veces de intentarlo, la frena y le dice:

-Disculpe, señora, ¿usted se encuentra bien?

-No, no me encuentro bien, no.

-¿Qué le sucede? Dígame. ¿La puedo ayudar con algo?

-No, ya es muy tarde para ayudar.

-¿Pero qué le sucede?

-La vida. Eso me sucede. Siempre la misma mierda.

-¿Por qué dice eso? Se olvidó todas sus cosas.

-Realmente no creo que nadie las agarre.

-Bueno, ¿pero qué le pasa?

-¿Quiere saber lo que me pasa? Le voy a decir. He perdido de todo en mi vida. Esas cosas que usted ven ahí no son nada. ¡No son nada! ¡No son nada para usted, no son nada para mí!-contesta casi sin mirarlo, haciendo que salten lágrimas que ya no soportan el calor del rostro y se evaporan entre los gestos efusivos de la viejita. Mira siempre a un punto fijo, algo más adelante que ellos, un tanto más abajo, como esquivando la modernidad de los edificios que los rodean para recordar un pasado distinto, y prosigue, siempre tensa:

-Un esposo. Una plata que tenía por allí, otra por acá. Hijos que he querido, y ya no encuentro. Ésas son cosas que perdí. Cosas que me olvido.

-No sabe cuánto…

-De repente, me acostumbré a estar así, sin nada que hacer-lo interrumpe, como ahorrándole las obvias palabras-. Con unas cuantas monedas vivo por día. No necesito nada. Tuve mascotas, pero se fueron muriendo, o me abandonaban. Hasta todos que se empezaron a cansar; todos, siempre me veían ahí, y algunos ya no me daban. Y ahora la gente, no sé, piensa que quiero robarles, que les voy a pedir mucho. Me da asco cómo me miran. Con asco. Trabajé mucho y perdí mucho.

Atónito, Carlos recuerda cómo en un tiempo le preocupaban estas personas, y hacía alguna que otra donación a Cáritas u otra organización similar, pero luego se acostumbró a su presencia, y a la ceguera burguesa que adquieren todos después de unos años de “sacrificio”, a las justificaciones que le permite a la mayoría que ha obtenido algo, creer que se lo merece más que estas personas, y yo aquí no hablo de bienes sino de dignidad, lo que para muchos es eso que nos diferencia de los animales. Con su caminar silencioso que la acompaña, que para ella ya es mucho, le responde, sin palabras un gran “lo lamento”, y ella estalla:

-Sólo quiero pan. Y no lo tengo. Lo peor, m’hijo, lo peor, no es eso. Es que a nadie le importa una mierda que yo me muera. Nadie me mira. Y entran y le rezan a dios. Lo que me pasa, lo que me pasa, es que perdí la esperanza. Eso nada más.

Carlos la ve irse, desde la entrada de la iglesia, quieto, vigilando las cosas que nadie quiere, sin poder haberle hablado tan siquiera. Nunca tuvo el valor de hablarles a estas personas ni lo tendrá jamás.

Mientras las campanas suenan otra vez, las lágrimas ahogan a Carlos, como me ahogan a mí. Escribo desde mi pieza la historia, después de ver por mi ventana a este hombre volviendo a la iglesia, completamente perdido en sus propios pensamientos, con el semblante necio y el lugar donde siempre se encuentra la viejita vacío, escabulléndose entre la gente que tan alegremente se comienza a reunir fuera para saludar al padre, como todos los domingos.

Estoy cansado de llorar al compás de estas historias sin moraleja, esta vida desabrida que cada tanto nos hace morder limones, diciéndonos lo bien que saben. Y Carlos también, quizás siempre lo supo, pero hoy sí que lo sabe. Ya no va a bailar al ritmo de esas campanas, que siguen resonando, una y otra vez, religiosamente, frente a la misma plaza. Porque el baile, este baile, no para.

©Demián Mercier. 2011.

jueves, 10 de febrero de 2011

Heterochromia

El que sigue es un relato de un sueño que he tenido hace unos días. La noche siguiente decidí escribirlo, y me surgió hacerlo en inglés. Vaya uno a saber porqué. Doy aquí los correspondientes créditos a Ces, quien me ayudó en la edición del texto, ya que es sano que a uno lo corrijan (o le sugieran un camino alternativo), tanto gramatical como semánticamente, sobre todo cuando uno tiene la tendencia de escribir “would” donde debiera haber un “had”.

A continuación del relato está el mismo texto en español, teniendo en cuenta que, más allá de que sea mi texto, no soy traductor ni planeo serlo, y evidencié en repetidas oportunidades mis limitaciones potenciales como tal.

Heterochromia

Today I’ve had the weirdest dream. It’s not that it IS the weirdest one I’ve ever had. It’s an expression, you know. But it was certainly weird, and the weirdest in a while. Being that while, several years. Maybe three or four.

There she was, a beautiful girl, an 18 years old, tiny girl. She had the strangest eyes, with three irises in each one, overlapping the natural iris in each side. It was like the surrealistic version of a condition which I do find particularly interesting (and nice in a way), called heterochromia, which consists of having different colors in the iris (one eye could be blue, and the other brown, or even two colors in the same iris). I tend to imagine being with a girl like that. I think it would be almost as being with two women at the same time, starting a cycle in every look at her, going with my eyes from one to another, and again, until the kiss shuts our eyes, uniting them in a single person. Maybe that’s the funny thing about it: the blending of the different people I’ve built in my mind.




I think I could never be bored, at least, in a superficial way. I would enjoy every time she explains her condition to another person, like she did with me, when I met her. Hearing all the stories of how she ended accepting this life and ended finding me, someone who finds that beautifully unique.

Each morning I would wake up with one or the other, depending on the eye she’d first open, but it wouldn’t matter that much, because I knew her beautiful soul was what I cherished the most. The thing which made her who she is. I could never be bored, I think. I wish someday I meet someone like this, disregarding if this condition is literal or metaphorical. You know what I mean.

And the dream continued. And I tried to talk to her, in several occasions. Other girls appeared, girls that previously had caught my attention in other dreams, but I constantly ignored them, as the other familiar people that eventually continued appearing, in order to please my eyes with those eyes, the door to a special soul, that I begun to love, even without knowing the girl.

Her skin was like that NatGeo famous girl's skin, maybe a little whiter, with far more intriguing eyes, and that was SOMETHING, right? Her moves were sweet, choreographed by my mind in an evasive but illusory way. Her face changed all the time, as if my mind was telling me that I’m actually searching for her, and I still don’t know her, so her never-ending changing face, as those Casino slot-machines, were things I couldn’t talk to. But her eyes... Her eyes talked to me. Loudly. Until I couldn’t hear anything but that look in my eyes, both quieting and upsetting myself, my inner self. Making me go crazy and my mouth shut. And dumb. And numb. As if I was dreaming.

I was indeed.

But I wish I could someday say: “I’ve dreamed of you.”

Hoy tuve el más raro de los sueños. No es que SEA el más raro que alguna vez haya tenido, sino que es una expresión, ustedes entenderán. Pero fue, ciertamente, raro, y el más raro en un tiempo. Un tiempo como varios años. Quizás tres o cuatro de ellos.

Allí estaba ella, una hermosa chica, una pequeña chica de dieciocho años. Tenía estos extraños ojos, con tres irises en cada ojo, solapando al iris natural en cada costado, en cada ojo. Es como si fuera la versión surrealista de una condición que encuentro particularmente interesante, y linda de alguna manera, llamada heterocromia, que consiste en tener ojos de distinto color (uno azul y otro marrón, por ejemplo, o incluso dos colores en el mismo iris). Tiendo a imaginarme con una chica así. Es casi como estar con dos mujeres al mismo tiempo, empezando un ciclo en cada mirada hacia ella, yendo de un ojo hacia otro, y otra vez, hasta que un beso los cierre, y ellas se unan en una sola persona. Quizás eso sea lo interesante del asunto: la mezcla de las diferentes personas que yo me haya construido en la mente.

Pienso que nunca podría aburrirme, al menos de una forma superficial. Disfrutaría cada vez que ella explicara a otro su condición, como ella hubiera hecho alguna vez conmigo, cuando la conocí. Escuchar todas estas historias de cómo ella terminó aceptando esta vida y terminó hallándome a mí, alguien que halla eso hermosamente único.

Cada mañana despertaría con una o la otra, dependiendo del ojo que ella abriera primero, pero no importaría tanto, porque sabría que su hermosa alma es lo que más atesoraría. Aquello que la hiciera ser quien sea que fuera. Nunca podría aburrirme, pienso. Ojalá algún día conozca una persona así, más allá de que su condición sea literal o metafórica. Entienden a lo que voy.

Y el sueño continuó. Y yo intenté hablar con ella, en repetidas oportunidades. Otras chicas aparecieron, chicas que hubieron llamado mi atención previamente en otros sueños, pero las ignoré constantemente, como a las demás familiares personas que eventualmente aparecieron; para agradar a mis ojos con aquellos ojos, la puerta a un alma especial, que ya había empezado a amar, aún sin siquiera conocer a la chica.

Su piel era como aquella de la famosa chica de NatGeo, quizás algo más blanca, con ojos mucho más intrigantes, y eso era ALGO, ¿no? Sus movimientos eran dulces, coreografeados por mi mente como evasivos pero ilusorios. Su cara cambiaba todo el tiempo, como si mi mente hubiera estado intentando decirme que realmente estoy buscándola, y todavía no la conozco, así que su cara, que cambiaba como los tragamonedas del casino, era a lo que yo no podía hablarle. Pero sus ojos… Sus ojos me hablaron. Fuertemente. Hasta que no pude escuchar nada más que esa mirada sobre los míos, tanto tranquilizándome como alborotándome. Acallándome. Volviéndome loco. Tonto. Confundido. Como si estuviera soñando.

Lo estaba, de hecho.

Pero ojalá algún día pueda decir: “He soñado contigo.”